Y que cada uno opine…
Si su idea de un gastrónomo es la de un sibarita mundano y frÃvolo obsesionado tan sólo con procurarse bocados deliciosos, olvÃdese. Carlo Petrini es un gastrónomo y le encanta comer bien, sÃ, pero también es la muestra viviente de que la cocina puede ser un arma polÃtica. En contraposición al infame fast food, este italiano elegante y lánguido fundó hace ya casi 20 años Slow Food, una incansable organización que trabaja, propone, defiende, ataca, publica y organiza. Todo ello, en contra de la estandarización del gusto y en reivindicación del extraordinario placer sensorial que se puede obtener de un buen cocido montañés, de un gazpacho preparado a la antigua usanza o de un queso artesano. Al fin y al cabo, Petrini considera que las tradiciones gastronómicas tienen la categorÃa de bienes culturales y que, como si de un cuadro o de una escultura se tratase, deben contar con la protección de los gobiernos.
Con casi 100.000 asociados en 107 paÃses, la filosofÃa del movimiento puesto en marcha por este caballero se basa en la defensa del placer gastronómico y en la búsqueda de ritmos vitales más lentos y meditados. Pero no sólo por eso, Petrini -que se codea habitualmente con gente tan variopinta como Carlos de Inglaterra o la activista Vananda Shiva, asà como cin ecologistas, economistas y académicos varios- se ha convertido en los últimos años en lÃder mundial de los campesinos al defender un modelo agrÃcola menos intensivo y más limpio que respete los conocimientos de las comunidades locales. Por eso la revista estadounidense Time le reconoció el año pasado como uno de los 100 héroes europeos de 2004.PREGUNTA.- Usted sostiene que preservar la cultura gastronómica de un paÃs es tan importante como salvaguardar su patrimonio artÃstico o sus monumentos históricos. ¿Por qué?

